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ROMPIENDO MITOS: RECONOCIENDO LA DIGNIDAD DE LOS DEUDORES. 2 MITO: Del Banco Amigo (o del acreedor refinado)

Esta semana continuaremos con nuestra serie “Rompiendo Mitos: Reconociendo la dignidad de los deudores”, con un segundo mito: el del Banco Amigo.

En el imaginario de muchas personas prevalece la idea de que su acreedor es una persona que “sea lo que sea (léase: aunque me esté cobrando lo que se le antoja) me sacó de un problema cuando lo necesité”. El deudor se siente en deuda no solo económica, sino personal, emocional, casi sagrada con quien le prestó, aunque se queje de que el costo del crédito (institucional, o, con mayor razón, extra bancario) es catastrófico, y el padecimiento de las consecuencias de la mora, angustiante hasta la locura (literalmente). ¿Cuál es la verdad sobre nuestros acreedores?: “Por sus obras los conoceréis!”, dice la Biblia.

  1. Se ha vuelto costumbre de las entidades financieras que, cuando no están enloqueciendo telefónicamente al deudor para que pague sus obligaciones atrasadas (incluso, está tomando fuerza la práctica de llamar al deudor antes del vencimiento, para recordarle que ya casi se le vence la próxima cuota), lo están presionando, con idéntica insistencia, para que tome nuevos créditos. Es inmensa la responsabilidad que tienen los administradores del riesgo en el sobre endeudamiento de consumo. A las mismas horas en las que cobran (es decir, en las horas más inadecuadas), los bancos ofrecen tarjetas de crédito sin que se le hayan solicitado, y las llevan a domicilio, casi a traición.
  2. Si el deudor no está en mora pero teme estarlo (la ley prevé ese como uno de los procedimientos para resolver la insolvencia) no hay manera de que la entidad financiera siquiera dé una cita. Y, si la da, la respuesta siempre es la misma: si no hay una mora de al menos 90 días, no hay forma de obtener un acuerdo que prevenga el incurrir en ella.
  3. Y, cuando se llega a la mora, las reestructuraciones bilaterales (por fuera del régimen de insolvencia) son venenosamente caras: bajan la cuota a cambio de extensiones desproporcionadas del plazo (es decir, elevando los intereses desmesuradamente), u ofrecen saldar la obligación con el pago inmediato de una suma que, si el deudor la tuviera, no estaría en mora (dan ganas de responder: “¿Usted cree que yo dejé de pagar porque metí la plata debajo del colchón, esperando a que usted me llamara para ofrecerme una rebaja si la saco de ahí para entregársela?”.
  4. Pero si no se acepta una reestructuración de estas, se llegó al infierno! Porque los métodos de cobro de las entidades financieras (las hechas desde dentro y, señaladamente, las adelantadas por oficinas o empresas externas de cobranza) acuden a prácticas ilegales, intimidatorias, agresivas en grado sumo. Incluyen amenazas de que “si no pagan mañana mismo”, le van a sacar los muebles de la casa, o van a sacar a la familia misma de la casa (en los créditos hipotecarios), llamando día y noche, entre semana y en los fines de semana, hasta casi enloquecer al deudor. Casos hemos conocido de intentos de suicidio, por desesperación!
  5. Y las posibilidades de acceder al régimen de insolvencia no son alentadoras, por el costo de los honorarios del ineludible centro de conciliación, asunto regulatorio de la ley en el que parece haber metido la mano el sector financiero, para desestimular el uso de la norma. Dificultad que, en la práctica, se ha convertido en una denegación de justicia, ya que quien no tenga para pagar al centro de conciliación no puede ir al juez (los centros de conciliación de insolvencia gratuitos están previstos en el papel, pero no existe ninguno).

CONCLUSIÓN: lejos de ser un amigo amable, el acreedor es:

  • IRRESPONSABLE en el análisis del riesgo;
  • INSISTENTE en la colocación del crédito;
  • AGRESIVO en el cobro, y
  • MANIPULADOR de la actividad legislativa.
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